Discurso del Dr. Norbel Galanti

Reunión de la Sociedad de Bioquímica y Biología Molecular

Diciembre 10, 2021

Querida presidenta, estimados miembros del Directorio, colegas socios de nuestra Sociedad. Con enorme alegría y orgullo recibo el Premio Dr. Tito Ureta. Esto porque tuve el agrado y el honor de compartir con Tito numerosos momentos importantes de mi vida académica y personal. Desde nuestras respectivas trincheras, colaboramos en la tarea de hacer más posible realizar ciencia en Chile, trabajando en nuestras Sociedades Científicas, en nuestras Universidades y en los medios institucionales de decisión. En lo personal, nos unía el amor por la música, particularmente la ópera. Cada vez que nos encontrábamos, me saludaba con su “Como estás, calabrese”, en circunstancias en las que le había aclarado más de alguna vez que mi padre provenía de una aldea cercana a Milán y mi madre de Pavía, totalmente alejados de Calabria. Pero para él fui siempre el “calabrese”, lo que finalmente terminé aceptando de buen grado.

¡Qué les puedo decir de mi vida académica! Fue maravillosa. Pude hacer ciencia casi sin dinero y en otras ocasiones, muy bien financiado por organismos nacionales e internacionales. Cuando no tenía dinero, hacía los gradientes de sacarosa con azúcar comprada en el almacén “El Canario”, que estaba ubicado en la esquina de Independencia con Carrión. Los tampones los preparaba con fosfatos que me regalaba un productor de shampú.  La difenilamina que utilizaba como reactivo para medir DNA la debía recristalizar de un frasco cubierto de polvo, olvidado vaya a saber por quien en una bodega.  El problema era cuando redactaba el manuscrito y debía dar cuenta del origen de los reactivos. Difícil era decir a Experimental Cell Research que había utilizado sacarosa marca “El Canario”. Un par de años en los que poco o nada tenía, utilizamos con Jorge Sans, como modelo para estudiar proliferación celular, raicillas de cebollas que compraba en la Vega. Se trataba de usar la imaginación al máximo. Cuando los equipos tenían problemas, buscábamos forma de arreglarlos con los escasos medios con los que contábamos. Hicimos nuestros propios mesones con fierros y maderos que sobraron de la construcción de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y con herramientas y soldadoras que nos prestaban los funcionarios del Taller de la Facultad, los fines de semana. No puedo dejar de relatar aquí que desde 1983 a 1988 el área básica de la Facultad fue gaseada en numerosas oportunidades; en los laboratorios teníamos una solución al 5% de ácido acético, que recomiendo para la ocasión. Incluso fue necesario proteger estudiantes en el laboratorio e ir a las comisarías para rescatarlos.  A pesar de estos problemas, todo ocurría con una profunda convicción de que estábamos haciendo lo que debíamos hacer. Incluso había un fondo de alegría. Fueron hermosos momentos, en los que siempre estuve rodeado de estudiantes que fueron y son mis amigos. Remigio López fue mi primer tesista

Luchas intensas para armar y validar los primeros Programas de Doctorado, para instalar la idea de que eran necesarias becas para los alumnos y, más tarde, para conseguir financiamiento para ellas. Acuerdos y desacuerdos con Hermann Niemeyer, Jorge Allende y otros científicos luchadores por la creación de los postgrados, pero siempre unidos en la búsqueda de un solo norte: el desarrollo de la ciencia en nuestro país. 

Intentos por incorporar a las regiones, con cursos teóricos y algunos con actividades prácticas, sobre temas emergentes de la Bioquímica, la Biología Molecular y Celular en ciudades como Temuco, Arica, Antofagasta y Valparaíso. En una oportunidad, organizamos una actividad en Antofagasta a la que se llevó a numerosos académicos de Santiago y a representantes de Conicyt. En algún momento alguien hizo ver que si caía el avión que nos transportaba terminaba por mucho tiempo la Bioquímica en Chile. Imaginamos diferentes actividades para estimular el desarrollo de la ciencia en estas universidades de provincia, hasta finalmente incorporar algunas de ellas a programas de Magister. Cuando observo los actuales programas de postgrado en algunas de estas ciudades, pienso que todo ese esfuerzo no fue en vano.

Para mí la actividad académica terminó cuando cumplí 80 años y rendí mi último proyecto Fondecyt. Hacía tiempo que estaba convencido que era el momento para que científicos jóvenes tomaran las responsabilidades en el laboratorio, en la docencia y en la política universitaria y de desarrollo científico. Tengo plena confianza en la juventud. No me sorprende ni me asusta que tomen cargos de alta responsabilidad en las Sociedades Científicas, en las Universidades y en la política científica del país. Por el contrario, es lo que espero. Que sigan el camino que abrieron Hermann Niemeyer, Jorge Allende, Tito Ureta, Jorge Babul y muchos otros luchadores por el desarrollo de la Ciencia en Chile. Es el mejor homenaje que esta juventud puede hacerle a quienes lucharon sin temer la adversidad.

Por último, solo me resta agradecer a mis estudiantes, luz y motor de mi vida académica, a mis colegas, a los maestros de talleres, a mi Universidad de Chile, que me dio nicho y tanto me apoyó y toleró y a las Sociedades Científicas, especialmente a mi Sociedad de Bioquímica y Biología Molecular. Muchas gracias a todos.